VI- BIENVENIDO A EUROPA

El sábado 21/1/17 nos levantamos temprano para ir al aeropuerto. Era el primer vuelo intercontinental para Andrés y para mi (esos ómnibus con alas que van a Brasil no cuentan). Nerviosos y contentos fuimos llegando en orden de ansiedad. Naturalmente, yo fui el primero.

 

En el mostrador de embarque nos encontramos con un sujeto que conocía nuestra música y que nos hizo todo muy fácil: entregamos los pasaportes, nos pesaron el equipaje sin demasiado rigor y nos hicieron pasar por una puerta lateral para entrar al avión primeros y así poder acomodar nuestros incómodos bultos. 15 bultos. Siempre los contamos.

 

Volar sobre Sudamérica y luego sobre Europa es revelador. Pasamos del verde plácido de la pradera oriental al verde frondoso de Brasil pegados a la ventanilla, mirando todo y pensando en nada.

 

Cuatro horas después vimos caer el sol al borde del continente, cenamos y la oscuridad llenó las ventanas. Ya no quedaba nada que mirar pero yo no podía dormir.

 

Cruzamos el océano en un vuelo turbulento y alcanzamos la costa española poco antes del alba. Las islas, Gibraltar, la entrada al continente, las luces desde el cielo: todo parecía un sueño para los cinco. Pero la calma duró poco, ya que el inminente aterrizaje me ponía frente a frente contra una de mis peores pesadillas.

 

Desde pequeño le tengo un miedo pavoroso a ser encarcelado siendo inocente. Mis padres fueron presos políticos y no hace falta ser Freud para unir esos dos datos, pero la presentación de "T y T", un viejo programa de televisión protagonizado por Mr T, que comenzaba diciendo algo así cómo "Él era un chico inteligente peleando en las calles, hasta que fue acusado por un crimen que no cometió" tiene mucho más que ver con mi miedo. 

 

Acercarme al mostrador en el que esperaba un guardia civil español disparó todas mis fantasías. En mi mente, un movimiento en falso podía dejarme en Guantámo, tratando de explicar a mis captores que los pedales de guitarra no son bombas y que Mr T también era inocente. 

 

Bien aconsejados, cada uno de nosotros llevaba una carpeta personal que incluía las cartas de invitación de Alemania y España, las resoluciones oficiales de Ibermúsicas y del MEC, el itinerario detallado de la gira y una biografía de nuestra banda con una foto que nos sacó nuestro amigo Ryan y que siempre usamos.

 

Fui el primero en pasar, porque algunos de los documentos tenían mi nombre, así que crucé la línea amarilla, intentando aparentar la calma de un líder natural, y le sonreí al guardia civil. Le entregué mi pasaporte virgen y, ganado por la ansiedad, antes de que preguntara nada, lo atraganté con la carpeta. Él la revisó con esa calma soberbia de los milicos, y empezó a dejar caer preguntas, sin mirarme y haciendo de cuenta que no estaba buscando una trivial excusa para echarme a un calabozo. 

 

Yo tenía una respuesta clara para cada una de sus preguntas y todo estuvo en orden hasta que llegamos a la última página, miró la foto, miró a mis compañeros por sobre mi hombro y me dijo:

 

-¿Quién es el de pelo largo que no está en la foto?

 

Listo: mameluco anaranjado, cadena perpetua, horror y castigo. Había pensado en todo, pero nunca pensé que fueran a usar esa foto en mi contra. Transformé el miedo en arrogancia y usé la voz más grave que tenía para explicarle por qué Peralta no pudo venir. Incluso pensé en mostrarle el capítulo de estos diarios que lo explica como evidencia. Por suerte no fue necesario. El milico me miró a los ojos por primera vez, puso el bendito sello y devolviéndome el pasaporte me soltó: -Bienvenido a Europa, Ernesto. Mucha suerte.

 

Mis compañeros fueron pasando después de mi sin que les preguntaran nada mientras yo esperaba a una distancia prudente, y cuando llegó Iván, haciéndose el simpático, el guardia lo recibió con un: "Tú debes ser el Krisman".

 

Los milicos son todos putos y nosotros estábamos en Europa.

Ya nos vamos...